Parasha Ki Tisa
“El Becerro de Oro”
Por Nejama Leibowitz
¿CÓMO se puede explicar el hecho que la generación que presenció los
milagros del Exodo y alcanzó la comunión con Dios en la revelación del Monte
Sinay, cayera luego en los abismos de la idolatría pagana y adorara un becerro?
Esta pregunta, formulada de diversos modos, fue planteada por nuestros maestros
a traves de las edades. Veamos un midrash al versículo 3 de Tehilim
3:
“Muchos dicen de mí: No hay
para él salvación en Dios.” Los Maestros interpretaron este versículo diciendo
que se refiere a los idólatras. ¿Porqué los denomina “muchos”? Porque está
escrito en Yeshaya (17, 2): “¡Ah! El tumulto de muchos pueblos.” “Muchos
dicen de mí” – dicen de Israel: Una nación que escuchó a Dios decir: ‘No tendrás otros Dioses delante de Mí’, y que al cabo de cuarenta días dijo del
becerro:‘Estos
son tus dioses, oh Israel’ ¿tiene acaso salvación? ¡No! “No hay salvación para él en Dios.”
Muchos fueron
los que intentaron explicar esta decadencia. Citaremos ahora a Rabí Yehudá
Haleví, que trató de responder a la pregunta que pone en boca del Rey de los
Kazares, dirigida al representante de la fe judía; ¿Cómo puede conciliarse la
grandeza moral del pueblo judío con el pecado del becerro de oro? He aquí la respuesta
(1, 97):
Todas las naciones, en
aquellos tiempos, adoraban imágenes; incluso los filósofos que demostraban la
existencia y la unidad de Dios, no prescindían de imágenes, a las que dirigían
su adoración; y decían a la plebe que estas imágenes poseían cierta divinidad
tal como nosotros hacemos hoy en día con respecto a nuestros lugares sagrados y
nos bendecimos con ellos, con su polvo y con sus piedras … pero la masa sólo
estaba de acuerdo en adorar una forma sensible, a la cual se puede dirigir.
Los hijos de Israel estaban
esperando lo que Moshé les había prometido: Traerles algo de Dios, que habían
de ver y recibir, así como recibían el pilar de la nube y el pilar del fuego,
al que miraban, y lo recibían y lo reverenciaban y delante del mismo se inclinaban
ante Dios. Y sucedió cuando hubo escuchado el pueblo el Decálogo y Moshé hubo
subido al Monte para traerle las tablas escritas y luego hacer el Arca para
ellas, para que tuviese cosa visible ante la cual cumpliese su devoción y
estuviese en ella el pacto de Dios, a saber, las Tablas, quedó el pueblo
esperando – en el mismo estado en que estaba, sin mudar de forma, sus afeites y
sus vestidos con los cuales estuvieron el día del acto del Monte Sinay – que
descendiese Moshé, el cual tardó cuarenta días sin llevar ninguna vianda,
habiéndoles dejado con la creencia que volvería en el día predeterminado.
Entonces se afirmó en mal pensamiento en parte del pueblo, y empezó el pueblo a
dividirse en partidos, siendo numerosos los consejos y los pensamientos, hasta
que gente de entre ellos se vieron en la necesidad de reclamar un objeto
sensible para culto, al cual dirigir su intención, como las demás naciones,
pero sin negar por ello a Dios que los sacó de Egipto – que esté emplazado
delante de ellos, para dirigirse a él cuando relaten las maravillas de Dios …
como nosotros hacemos con el cielo.
No incurrieron
en el pecado de la idolatría – según R. Y. Haleví – solo quisieron concretizar
la idea de la divinidad.
La última
comparación es especialmente constructiva. También los hombres que “afirman
debidamente la unicidad del Creador” (Rambam) y que fueron educados en
el principio que El “no es un cuerpo, ni le son aplicables conceptos relativos
a la materia”, describen a la Divinidad con conceptos humanos, atribuyéndole la
palabra, trono en el cielo y dirigen sus oraciones al cielo. Vemos entonces que
la necesidad de concretizar no desaparece con el advenimiento de ideas
espirituales puras. R. Yehudá Haleví sigue con su apología de nuestros
antepasados:
Su
pecado fue el hacer figuras que les estaban prohibidas y atribuir divinidad a
la obra de sus manos sin que hubieran recibido mandato de Dios. Podemos alegar
en su excusa la falta de unanimidad que precedió al delito y el hecho que el
número que lo adoraron no llegó a tres mil varones de los seiscientos mil que
eran; la excusa de los grandes consistió en que deseaban que se distinguiese al
rebelde del creyente, para dar muerte al rebelde que lo adorase. Les fue
imputado por pecado, porque convirtieron la rebelión potencial e inconciente en
real y efectiva.
Rabí Y. Haleví
aborda aquí un problema arduo: la conducta de Aharón, a quien refiere cuando
habla de los “grandes”, que según su opinión se rindió a las exigencias de la
plebe y consintió en fundir el becerro a fin de poder distinguir quien sirve a
Dios, de aquel cuyo corazón lo arrastra y lo aleja de los mandamientos de Dios,
y pueda castigarlos y purificar la comunidad. Pero, Haleví no aprueba esta
conducta, y sigue diciendo que Aharón fue castigado por su acto.
Aquel delito no consistió en
el abandono del culto a Quien los sacó de Egipto, sino en la transgresión de
alguno de Sus preceptos, pues El, bendito Sea, previno no hacer imágenes, mas
ellos hicieron imágenes. No esperaron a Moshé y determinaron por si mismos
el modo del culto, e hicieron un altar y ofrendaron sacrificios actos todos
que no les habían sido ordenados. Su conducta puede ser comparada con la del
tonto de la parábola que hicimos mensión (en el parrafo 79: que entró en la
botica de un médico, famoso por lo acertado de sus recetas; estando el médico
ausente comenzó a administrar lo que había en los recipientes a los enfermos
que acudían a requerir remedio a sus males, no conociendo su uso, ni sabiendo
cuanto administrar a cada uno, mató a muchos hombres con los medicamentos que
en manos del médico habrían sido útiles.)
No fue la intención del
pueblo abandonar el culto de Dios, por el contrario, pensaban que lo
procuraban, motivo por el que se dirigieron a Aharón para descubrirle su pensamiento
… El pecado nos parece muy grave, porque la mayor parte de las naciones no
son iconolatras en nuestra época; pero, en aquel tiempo era tenido por cosa
leve, porque todas las naciones hacían figuras para adorarlas. Si fuera su
pecado hacer por su arbitrio una casa en la cual rendir culto, no nos parecería
delito grave, porque se acostumbra hoy levantar casas y nos bendecimos en
ellas, e incluso llegamos a decir que la divinidad asiste en ellas y si no
fuera por la necesidad de mantener unida a nuestra comunidad en el exilio,
habría sido esta conducta prohibida, tal como lo fue en el tiempo de los Reyes,
cuando se reprobaba a los hombres que construían casas para culto que llamaban
“altares”, y que los Reyes píos las derruían a fin que honrasen sólo a la casa
que Dios escogió … Y no eran en aquellos días cosa prohibida las figuras, pues
vemos que los querubines fueron hechos por mandato divino. A pesar de ello
fueron castigados en el mismo día los hombres que adoraron al becerro y los
mataron, siendo el número de todos ellos tres mil varones, de los seiscientos
mil. El maná no dejó de descender para su sustento, ni el pilar de fuego dejó
de guiarlos, y el espíritu profético persistió en su medio. Lo único de lo que
se vieron privados fueron de las dos Tablas, que Moshé quebró y suplicó luego
por su restauración, y les fueron restauradas, y les fue perdonado aquel
delito.
En otros
atérminos, Haleví sostiene que la legitimidad de los querubines y la
ilegitimidad del becerro de oro se derivan exclusivamente del mandato del
Señor. Según R. Y. Haleví, la imagen del becerro estaba prohibida porque fue
hecha sin mandato divino, los querubines, en cambio, eran permitidos proque sí
medió tal mandato. El principio es que el hombre no debe darse sus propias leyes
arbitrariamente, ni crear su propio ritual. Esto debe ser determinado estrictamente en armonía con la
voluntad divina. (Instructiva en sumo grado es la parábola de los medicamentos
que curan sólo si son usadas según la fórmula e indicación prescrita por el
médico.)
¿Puede
afirmarse acaso, conforme a la impresión que se recibe del relato de la Torá,
que estos hombres no idolatraron al becerro y no se rebelaron contra Dios?
¿Acaso no enseña el capítulo en general, y expresiones tales como “y después se
levantaron a juguetear” (32, 6) y “vió el becerro y las danzas” (ibid. 19), en
particular, que adoraron el becerro con las mismas prácticas idolátricas que
sus vecinos? La suposición que el pueblo que había alcanzado la comunión con
dios no era capaz de descender a las profundidades de la depravación no tiene
fundamento. Si recordamos lo relatado en Reyes I, Cap. 18, donde es
descripto el duelo de Eliyahu con los falsos profetas, en el Monte Carmel,
veremos que tiene cierto paralelo con el relato del becerro de oro de nuestra sidrá.
Los israelitas que vieron descender al fuego del cielo en respuesta a la
oración del profeta y que proclamaron fervientemente “El Señor es Dios” –
declaración que el pueblo judío hace en el momento más solemne del año, al
finalizar Yom Kipur; estos mismos hombres repudiaron su mensaje al día
siguiente, persiguieron a los verdaderos profetas, destrozaron Sus altares y
volvieron a su antigüa práctica idolátrica. Eliyahu,
hasta ayer el vencedor, se ve obligado a huir al monte Sinay para salvar su
vida. Los milagros, por más que asombren o que estremezcan al hombre, no pueden
cambiar su naturaleza, sólo pueden sacudirla momentáneamente y sacar al hombre,
pasajeramente, de sus concepciones diarias, pero no pueden efectuar una transformación
permanente. Maimónides explicó en su Guía de los Descarriados la
imposibilidad del cambio súbito, la necesidad del cambio gradual. Utiliza esta
idea para explicar el motivo por el que los hijos de Israel peregrinaron
durante cuarenta años por el desierto, antes que fueran aptos para entrar en la
Tierra Prometida; leemos en la 3a parte, cap. 32:
No está en la naturaleza del
hombre que después de haber sido educado en un trabajo servil, como el de la
greda, y el de los ladrillos, etc., vaya súbitamente a lavar la suciedad de sus
manos y a combatir de pronto con los gigantes de Kenaan (ver Bamidbar
13, 28): Por una parte, entonces, Dios fue previsor al hacer errar a esos
hombres en el desierto hasta que se hubiesen vuelto valerosos, pues se sabe que
la vida del desierto y las privaciones del cuerpo producen el coraje, y que lo
contrario engendra la laxitud; lo hizo además, para que nacieran hombres que no
se hubieran habituado a la bajeza y a la servidumbre.
Por lo tanto
no nos asombremos que la generación que escuchó la voz de Dios y que recibió el
mandato de: “No tendrás otros dioses delante de Mí”, al cabo de cuarenta días
fabricó el becerro de oro y danzó en su derredor. Una sola experiencia
religiosa, por más profunda que haya sido, fue incapaz de convertir al pueblo
de idólatra en monoteísta. Sólo la vida bajo disciplina permanente de los
preceptos de la Torá podía lograr tal cambio. El carácter universal de los
mandamientos de la Torá, que regulan las relaciones del individuo consigo
mismo, con su familia y con la sociedad, constituyen la única garantía contra
todo retroceso moral.
Para que
podamos comprender más aún la trascendencia de este mandamiento que fue
transgredido por nuestros antepasados, veamos el comentario de R. Yitzjak
Arama:
La intención de este
mandamiento – el segundo – es la de prevenirnos de adorar nada fuera de Dios, y
hacernos saber una gran novedad y otorgarnos una libertad maravillosa. Pues
siendo El nuestro Dios, cercano a nosotros, Todopoderoso, tal como nos enseña el
primer mandamiento, ¿qué necesidad tenemos entonces de adorar algo fuera de El,
o de esclavizarnos a algun ser, celestial o terrenal? Este es el significado de
la interpretación que nuestros Sabios dieron al texto de este mandamiento: “No
tendrás otros dioses delante de Mí” – puesto que Yo existo. En el mismo sentido
dijeron que debemos leer el versículo 16, del capítulo 32 de Shemot (“jarut
al halujot” = grabado sobre las tablas), como si estuviera escrito: “jerut
al halujot” = libertad sobre las tablas, es decir libertad del dolor, de la
muerte y de la tiranía.
Tomado de: “Reflexiones
sobre la Parasha”, Prof. Nejama Leibovitz, publicado por el
Departamento de Educación y Cultura Religiosa para la Diáspora de la Organización Sionista Mundial, Jerusalén,
1986 págs. 116-120.