Parashat Nitzavim
Parashat
Nitzavim
por
Nejama Leibowitz
Y
NO SOLAMENTE CON VOSOTROS HAGO
ESTE PACTO Y ESTE JURAMENTO (19, 13)
Sino
con aquel que está aquí con nosotros hoy delante del Señor nuestro Dios, y
también con aquel que no está aquí hoy con nosotros.
19, 14
Estos
versículos nos enfrentan con un interrogante, difícil de dilucidar.
¿Cómo
se ha pactado con las generaciones futuras; qué fuerza emana de este pacto -
hecho con una generación pasada - capaz de obligar a las generaciones
presentes?
Abravanel
ha de relatarnos cómo:
Se
han esforzado en discutir, los Sabios de nuestra generación, en el reino de
Aragón, sobre la cuestión de este pacto y de lo declarado por el versículo:
"Y no solamente con vosotros hago este pacto ... sino con aquel que está
aquí, etc.".
Nos
da por cierto, una formulación muy interesante de este interrogante.
Transcribiremos el texto de la pregunta, citada por Abravanel, y formulada por
los Sabios de Aragón:
Pues
¿quién ha dado poder a la generación del desierto para que, erguidos ante el
monte de Sinay, obliguen a las generaciones venideras con su declaración de
"cumpliremos y aceptaremos”?... Hasta el punto de obligarlos en todos los
preceptos de la Torá, y en el pacto que hicieron, y de crear penalidades para
las generaciones posteriores, tal como surge de este versículo, y de todos los
textos que encontramos estableciendo en el Talmud que: "Está juramentado
desde el acto del monte Sinay" (tratado Shevuot 23b). Esto es lógicamente
objetable.
...Sin
lugar a dudas, quien contrae una deuda, quedan obligados a restituirla él y sus
hijos, hasta el fin de las generaciones. Puesto, que de la misma manera que los
hijos heredan los bienes activos de sus padres, están obligados a pagar sus créditos.
La obligación creada por los padres, por medio del préstamo, recae sobre sus
hijos, a pesar de que éstos no existían en el mundo en el momento de
contraer esa deuda.
Es
sabido que el Señor, alabado sea, adquirió a los israelitas en virtud de
haberlos sacado del crisol de hierro de Egipto, de la casa de esclavitud; siendo
ellos, sus ganados y bienes, de Su pertenencia, como leemos (Vayikrá 25, 55):
"Porque Mis siervos son los hijos de Israel; siervos Míos son, a quienes
Yo saqué de la tierra de Egipto". Por haber adquirido derechos en sus
cuerpos, y además, también en sus almas, por haberlas perfeccionado con la
entrega de la Torá, por eso, les hizo partícipes del primer pacto, al sacarlos
de Egipto . . . Y por esa razón declararon, en oportunidad de ese pacto:
"cumpliremos y aceptaremos"; queriendo significar: "con nuestros
cuerpos cumpliremos, sirviendo, como esclavos a sus dueños; con nuestras almas
aceptaremos con fe, como alumnos de sus maestros".
Ahora
quiso el Señor, hacerles otro favor, el legarles la Tierra Santa, por lo que
tuvo necesidad de hacer otro pacto; el primer pacto versó sobre la subordinación
de sus cuerpos y la sumisión de su fe; el segundo pacto versó sobre el legado
de su país; cabe destacar la importancia de este pacto por su intención de:
"Porque no por su espada heredaron la tierra" (Tehilim 44, 4). Tampoco
la recibieron en herencia de sus antepasados; pero el Señor tampoco se los
entregó en donación, sino a título de préstamo, como leemos (Vayikrá 25,
23): "La tierra, pues no podrá venderse en perpetuidad, porque Mía es la
tierra"; con la condición de que ellos se obliguen a servir dentro del país
a Su Dueño, no adorando otra deidad aparte del Señor, jamás, pues ello sería
una rebelión y una traición enormes.
Hemos
explicado pues, la necesidad de este pacto y su finalidad, quedado claro que
este pueblo es ante el Señor, como esclavos punzados
para siempre, que no pueden liberarse de su yugo bajo ningún concepto ...
Refiriéndose a eso, dijeron nuestros Sabios, que todo hijo de Israel está
juramentado desde su presentación en el monte de Sinay. Pues entonces entraron
al servicio del Señor, alabado sea, y toda su descendencia está esclavizada y
obligada. No podrán liberarse.
Tenemos
pues, que por sus cuerpos, por sus almas, y por el país que habitan, están sus
hijos obligados e incluidos en el pacto, no por fuerza del juramento que
hicieron, sino por la ley de esclavitud
que tomaron sobre sí, al ser sacados de la Tierra de Egipto; por poder de la
Torá de la cual son depositarios; del país elegido que recibieron en préstamo.
Con toda seguridad a eso se refirieron nuestros Sabios, al escribir en el
Midrash Tanjuma correspondiente a nuestro capítulo, que todas las almas
estuvieron presentes durante el pacto, ya que ese pacto incluía a todas las
generaciones que estaban por venir ...
Y
por ser la base del pacto y de la subordinación eterna, la salida de Egipto, ésta
es constantemente recordada por el Señor y por Sus profetas, siendo todas las
fiestas del Señor "en conmemoración de la salida de Egipto"; dado
que ello señala la subordinación eterna.
Vemos
nosotros que la base sobre la cual quiere Abravanel erigir nuestra obligación
de cumplir la Torá del Señor y de obedecer Su voz, es la salida de Egipto, la
cual recordamos en nuestras plegarias diariamente. De la misma manera encabezó
el Dador de la Torá Sus mandamientos en el acto del monte Sinay. Rabí Yehudá
Haleví, ya ha exaltado la importancia de este encabezamiento, en el cual no
dice: "Yo soy el Señor tu Dios, que creó el Cielo y la Tierra" sino,
"que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre".
Sin
embargo, en el comienzo de las palabras de Abravanel, se encuentra el punto débil
de su comentario, pues compara la obligación inherente a todas las generaciones
de cumplir con la Torá y sus mandamientos - que es precisamente el contenido
del pacto - al hijo que al recibir el legado de sus padres, se ve obligado por
el mismo hecho a restituir las deudas de su padre. Pero nos parece, que por
medio de esta comparación no hemos de llegar al objetivo propuesto - de
comprender la obligación de las generaciones posteriores - desde el momento que
el heredero tiene el derecho de desistir del legado, sin que por ello incurra en
ninguna impropiedad. Viéndose así libre de aquellas deudas, no teniendo de
esta manera deuda alguna de restituir.
Mientras
que esta obligación, de la cual tratamos, ese pacto hecho "con aquel que
está aquí con nosotros", es irrevocable y no está en nuestras manos
liberarnos de él.
Leemos
en el Midrash la homilía correspondiente a Yejezquel 20, 32-33:
No
sucederá, empero, de ninguna manera el pensamiento que surge en vuestra mente,
cuando
decís: Nosotros seremos como las (otras) naciones, como las (demás) familias
de las tierras, sirviendo a palo, a piedra.
¡Vivo
Yo!, dice el Señor Dios, que con mano fuerte y con brazo extendido y con
indignación derramada,
Yo
mismo reinaré sobre vosotros.
El
comentarista ha relacionado estos versículos con los que estamos considerando,
referente a la obligación de la cual no podemos eximirnos. Este es el texto del
Midrash Tanjuma, Nitzavim 3:
Encontramos
que los israelitas quisieron en la época de Yejezquel desembarazarse de la
obligación derivada del juramento. ¿Qué leemos allí? (Yejezquel 20, 1):
"Algunos de los ancianos de Israel vinieron a consultar al Señor".
Dijeron: ‘Si un cohen adquiere un esclavo ¿puede éste comer Trumá?’
-‘Puede
comer’, replicóles el Profeta.
Siguieron
éstos diciendo:
-
‘Si el cohen vende este esclavo a un israel
¿no sale éste de su dominio?’
-‘Sí’,
fue su respuesta.
Dijéronle
entonces: - ‘También nosotros hemos salido del dominio del Señor, para
poder ser como las demás naciones’.
Replicóles
Yejezquel: - "No sucederá, empero, de ninguna manera, el pensamiento que
surge en vuestra mente, cuando decís: Nosotros seremos como las (otras)
naciones, como las (demás) famillas de la tierra. . . ¡Vivo Yo!, dice el Señor
Dios, que con mano fuerte y con brazo extendido y con indignación derramada, Yo
mismo reinaré sobre vosotros", puesto que han pactado por medio de
juramento conmigo; por eso dice (Devarim 29, 12): "A fin de confirmarte hoy
por el pueblo Suyo, y para que El sea tu Dios, como te ha prometido, y como El
ha jurado a tus padres . . . Y no solamente con vosotros hago este pacto y este
juramento, sino con aquel que está aquí con nosotros hoy delante del Señor
nuestro Dios, y también con aquel que no está aquí hoy con nosotros".
Abravanel
nos habla en su comentario al Libro Yejezquel de esta profecía, que nos pone en
evidencia, hasta que punto no tenemos el derecho de eximirnos de este pacto
instituido con nosotros; hasta que punto no tenemos la posibilidad de
liberarnos, por el hecho de habernos aliado a El, alabado sea:
Esta
profecía es importantísima, y merece nuestra máxima atención, pues la
mayor parte de ella la hemos leído, y luego vista cumplida con nuestros propios
ojos, en el amargo exilio en el cual vivimos, los hijos de Israel, bajo presión
de las desgracias, las persecuciones, y las destrucciones; por la fuerza de las
espadas enemigas abandonaron su religión, pensando que podrían ser como las
demás naciones, haciendo esto con el cálculo de que de esta manera habrían de
eliminar de sobre ellos el poder de la Providencia, y abandonar la obligación
del cuidado del cumplimiento de la Torá . . . Siendo de esta manera exitosos en
sus actividades, como lo son los demás pueblos, y no ser más el pueblo del
Señor, ovejas de Su rebaño. No se los denominará más con el nombre de Israel
... Contra estos convertidos y marranos dijo: "Y con indignación
derramada, Yo mismo reinaré sobre vosotros", advirtiendo con esto que - a
pesar de que intenten ellos, y sus hijos tras ellos, de convertirse, en forma
absoluta - no lo lograrán, pues siempre las familias de las tierras han de
llamarlos "judíos", denominándolos con el nombre de
"Israel", contra su voluntad; los considerarán judíos y los acusarán
siempre de ser judaizantes ocultos y los abrasarán en el fuego de las
hogueras.
Todo
esto está incluido en el versículo que nos dice "y con indignación
derramada, Yo mismo reinaré sobre vosotros", que a pesar de que ellos
mismos quieran mostrarse como no-judíos, serán considerados judíos, a pesar
suyo, pues el Rey Dios, Amo de los ejércitos, reinará sobre ellos, contra su
voluntad.
Estas
palabras las escribió Abravanel en la época de la Inquisición, en la época
de la persecución de los marranos, en la época que fue demostrado, que el
pacto instituido no ha de violarse con facilidad, y que todo intento de violación
y de igualdad con las naciones de los países no fructificará.
Así
leyó Abravanel los versículos de la Torá y los versículos de los Profetas,
como indicando - todos ellos - a su generación, hasta el detalle de sus
actitudes. ¿No hemos de aprender de él a leer las palabras de la Torá como si
hablarían a nosotros, a nuestra generación?
Tomado
de: “Reflexiones
sobre la Parasha”, Prof.
Nejama Leibovitz, publicado por el
Departamento de Educación y Cultura Religiosa para la Diáspora de la
Organización Sionista Mundial, Jerusalén, 1986
págs. 294-298