“YO DESCENDERE CONTIGO A EGIPTO
Y YO SIN FALTA TE HARE
SUBIR TAMBIEN”
Por Nejama Leibowitz
EN el momento en que Yaakov se
apresta a dejar su país para emprender el camino hacia Egipto, se le revela Dios
por última vez. Esta revelación es también la última de las que fueron objeto
los patriarcas. ¿en que consistió el temor de Yaakov que causó que Dios lo
alentara: “No temas descender a Egipto”? Aparentamente no había ningún motivo
para preocuparse. Se dirige a Egipto para reunirse con su hijo amado, y morar
allí bajo su protección después de veintidos años de duelo inconsolador por la
separación. Para comprender su perplejidad y su temor nos serviremos del
comentario de Jizkuni.
La expresión “No temas”
indica que Yaakov está atemorizado. Pensaba: Ahora que desciendo a Egipto, están
ya próximos los días de servidumbre y del maltrato de mis hijos, que sufrirán en
una tierra extraña, y que ya le fue anunciado a mi antepasado. Díjole Dios: “No
temas descender a Egipto”. Del mismo modo en que advertí a tu antecesor, vine a
prometerte, que si están próximos los días de penuria y esclavitud, también está
próxima la bendición que impartí a tu abuelo: “haré de tí una nación grande” (y
a tí también te prometo): “porque allí haré de tí una nación grande”.
Mas no es sólo la
servidumbre física la que preocupa a Yaakov. En el momento en que se apresta a
pasar con toda la familia de un país de hambre a un país de graneros rebosantes,
de civilización brillante y próspera teme, que una vez que el hambre finalice o
llegue a su término la esclavitud, no querrán sus descendientes abandonar un
país tan rico para retornar a Kenaan, la tierra prometida. El autor de Haamek
Davar interpreta estos sentimientos de la manera
siguiente:
Temía que sus descendientes
se mezclaren con los egipcios y sean asimilados por ellos. Sabía que la
identidad judía no podría conservarse en el curso de las generaciones sino en el
país de Israel. Por tal motivo prometióle Dios hacer de él allí, una grán
nación. Las palabras “una nación grande” deben comprenderse, según nuestros
Sabios, en el sentido que los descendientes de Yaakov formarán un pueblo
distinto y que no se asimilarán a Egipto.
Dedicaremos nuestra atención
a la respuesta del Eterno a Yaakov, la promesa que citamos en el encabezamiento
de nuestro estudio:
Yo descenderé contigo a Egipto y Yo sin falta te haré subir también. 46,
4
Sabemos, empero, que Yaakov
no volvió al país de Kenaan, y que murió en el exilio, ¿cómo podemos entonces
interpretar las palabras de Dios: “y Yo sin falta te haré subir?” Rashí
las explicó de acuerdo a interpretación de nuestros Sabios: “Le prometió que
sería enterrado en su tierra”.
Mas es difícil suponer que
éstas son las palabras de aliento apropiadas para estas circunstancias; en
particular, cuando su preocupación se centra alrededor del futuro de sus hijos y
de las generaciones subsiguientes.
Es probable que debamos
buscar por otro rumbo la respuesta a este interrogante. Estamos aquí, sin duda
ante un fenómeno estilístico que hemos encontrado más de una vez en las
Escrituras: la identificación del padre con los hijos. Ya lo señaló el Profesor
Heinemann en su obra “Darkei Ha-agadá”, página 32, que este método de
resolver problemas históricos, que utilizaron nuestros Sabios en la
leyendografía judía, tiene su raíz en las Escrituras, donde, más de una vez, un
grupo, una tribu o un pueblo son denominados con número singular; en especial,
el “yo” al que se refiere el padre, y también lo que es dicho acerca de él, se
refieren en realidad a sus hijos”. También el versículo en cuestión fue
interpretado en la Mejilta del mismo modo, en el comentario al versículo
2, capítulo 15 de Shemot:
Nuestros
Sabios dijeron: “Y Le celebraré” significa: “lo acompañaré hasta que
arribe a Su Templo”. Formularemos un ejemplo: Había un rey cuyo hijo se fue a un
país allende el mar – partió, el rey en pos suyo; de allí se fue a otra tierra –
siguiólo el rey; lo mismo sucede con Israel. Cuando descendieron a Egipto, la
Divinidad fue con ellos, como está dicho: “Yo descenderé contigo a Egipto”.
Cuando partieron de allí, la Divinidad fue con ellos, como está dicho: “Y el
ángel del Señor que iba delante del ejército de Israel se apartó de allí y fue
en pos de ellos” (Shemot
14, 19).
Cuando se internaaron en el desierto, la Divinidad fue con ellos, como está
dicho: “Y el Señor iba al frente de ellos, de día en una columna de nube para
guiarlos en el camino (ibid. 13, 21).
Del mismo modo leemos en
Shemot Rabá 3, 3, en la interpretación de las palabras de Dios a
Moshé:
El
Santo, bendito sea, hablóle a Moshé: Yo le dije a Yaakov, el antepasado de los
hijos de Israel: “Yo descenderé contigo y Yo sin falta te haré subir”. Ahora he
descendido para hacer subir a sus descendientes como Yo le prometí a Yaakov, su
antepasado. ¿Adonde los conduciré? Al lugar de donde los extraje; al país que
prometí a su antecesor, como está escrito: “Y para hacerle subir de aquella
tierra …” (Shemot 3,
8).
Martín Buber, en su libro
Königtum Gottes (El Reinado de Dios), pág. 62, insiste en la
idea que el concepto de Dios de los patriarcas y de Israel no está ligado a un
lugar santo, a un santuario, a un país, sino que lo considera como un rey en
marcha con su pueblo (y con todos los pueblos), lo conduce, lo dirige, lo extrae
de un país y lo lleva a otro. Nuestro versículo no es solamente una promesa de
sepultura en la tierra de Kenaan, dirigida a Yaakov, sino que también da a
entender que el gran pueblo que se formará en Egipto será hecho subir a esta
tierra por Dios.
Esta es la razón por la
cual, en medio de palabras de aliento tales como: “No temas descender a Egipto”,
o de promesas como: “Yo descenderé a Egipto y Yo sin falta te haré subir”, nos
encontramos con expresiones que prueban que no se trata de Yaakov como individuo
sino que de toda su progenie –
…porque allí haré de tí una nación grande.
46, 3
El autor del comentario
Haamek Davar insinúa a propósito de estas últimas palabras que el término
hebreo correspondiente: “goy”, designa siempre en las Escrituras a una
nación autónoma, poseedora de un país y administrada por un gobierno propio. “En
Egipto hicieron su aprendizaje como nación”. La estadía prolongada en Egipto fue
provechosa para Israel. Si tenemos esto presente, comprenderemos también porqué
según la tradicional división del Pentateuco en secciones semanales finaliza
nuestra sidrá con este versículo:
Israel pues, habitó en la tierra de Egipto, en la tierra de Goshen; y
tuvieron poseciones en ella, y fueron fecundos y se multiplicaron mucho.
47, 27
Pero, toda la prosperidad que los
hijos de Israel gozaron en Egipto y todas las pruebas que tuvieron luego que
afrontar allí no fueron sino medios. El fin era el retorno a su país. La promesa
que el Eterno hizo a Yaakov de no abandonarlo, de descender con ellos a Egipto –
promesa que según nuestros Sabios se traduce por el hecho que “a todo lugar
donde fue expatriado el pueblo de Israel los compañó la Divinidad. Fueron
exilados a Egipto, la Divinidad fue con ellos; fueron exilados a Babilonia, la
Divinidad fue con ellos …” (Talmud, tratado Meguilá 29a), a fin de
mantener viva, en ellos, su espíritu judío, preservar la chispa que había en
ellos; pero, repitámoslos no es ésta la finalidad, sino que es un medio para
conservar su identidad. El autor de Haamek Davar cuyos pensamientos todos
estaban dirigidos a Sión, vió una alusión a la naturaleza del exilio, no
solamente en las palabras que Dios dirigió a Yaakov, sino también en las
circunstancias que rodearon a esta revelación:
“Y habló Dios a Israel en
visiones de la noche” (46, 2) - para hacerle comprender que había llegado el
momento de someterse al yugo del exilio, denominado por nuestros Sabios “noche”.
El mundo se encuentra sumergido en la oscuridad, habiendo cesado de manifestarse
el espíritu sacro. No se reveló sino durante breves instantes, para una
mecesidad determinada, tal como un rayo ilumina la noche.
Rambán, que ve una
alusión a la tenebrosidad del exilio inminente, en los términos en los que el
Señor se dirigió a Yaakov, dice así (46, 2):
Después que le dijo: “No
será llamado tu nombre Yaakov, sino que Israel será tu nombre” (ibid. 25, 10),
era de esperar que lo honrara llamándole por este nombre, mas lo llamó Yaakov,
para darle a entender, que a partir de este momento dejaría de luchar
victoriosamente con los seres divinos y con los hombres, pero que habría de
entrar en una casa de esclavitud donde permanecería hasta tanto lo haría salir
de allí. Desde ese momento comenzó el exilio. Lo indican las palabras: “Estos,
pues, son los nombres de los hijos de Israel que vinieron a Egipto: Yaakov y sus
hijos” (ibid. 46, 8). Ellos arriban allí con el nombre de “Hijos de Israel”;
allí serán fecundos, se multiplicarán y se agrandecerá su nombre. Mas su padre,
en el momento de entrar es Yaakov, nada más.
Esta revelación, que ocurre
en las visiones de la noche, está ya impregnada totalmente por el espíritu del
exilio, por las aprehensiones ante los terrores de la servidumbre física y la
sevidumbre espiritual; ante el temor de la asimilación y el anulamiento
espiritual, cuyo desenlace es la desaparición dentro de un mundo extraño. Sólo
un rayo de luz interrumpe la oscuridad de la noche:
“Yo sin falta te haré subir”.
46, 4
Tomado de: “Reflexiones sobre la Parasha”,
Prof. Nejama Leibovitz, publicado por el Departamento de Educación y
Cultura
Religiosa para la Diáspora de la
Organización Sionista Mundial, Jerusalén, 1986 págs. 61 - 65.